Hay quienes solemos usar un par de lentes,
gafas, anteojos, otros lentes de contacto, otros suelen usar
un bastón como guía y otros tantos, muy pocos, no usan
nada; todos con el fin de mejorar la visión. Pero, ¿Cual visión?
A veces solo necesitamos los ojos del alma, a veces sin tener a nuestro favor
la paleta de colores completa, vemos las cosas desde otro
punto, así como a blanco y negro un can observa, un daltónico
tiene la dificultad de distinguir los matices del rojo y el verde, es
Borges quien desde su mundo indefinido distingue el amarillo, azul , y el verde
que en ocasiones se tornan diferentes pues entre ellos se mezclan, hace de su
conferencia (La Ceguera) un mundo full color, lleno de los
matices necesarios para contarnos como desde su modesta ceguera, como él dice, tiene su memoria llena de poesía,
de versos elegíacos, épicos y anglosajones, de recuerdos, de lecturas, amigos, anécdotas
que hacen gala de su gran amor por la lectura, de la cual no solo aprendió
diferentes idiomas (alemán, inglés, francés, islandés), conoció diferentes
lugares, sino también adquirió su fama.
Esta conferencia se puede tomar como una autobiografía
de Borges, puesto que en ella nos muestra con humildad y modestia como fue su aprendizaje
desde su niñez hasta en el momento que empieza
perder su visión, aprendizaje que allí no acaba, puesto que continúa con el
reemplazo del mundo visible por el mundo auditivo, del cual se siente orgulloso
pues deja atrás el mundo de las apariencias.
“Ser ciego tiene sus ventajas. Yo le debo a la sombra algunos
dones: le debo el anglosajón, mi escaso conocimiento del islandés, el goce de
tantas líneas, de tantos versos, de tantos poemas, y de haber escrito otro
libro, titulado con cierta falsedad, con cierta jactancia, Elogio de la sombra”.
ELOGIO DE LA SOMBRA
La vejez (tal es el nombre que los otros le dan)
puede ser el tiempo de nuestra dicha.
El animal ha muerto o casi ha muerto.
Quedan el hombre y su alma.
Vivo entre formas luminosas y vagas
que no son aún la tiniebla.
Buenos Aires,
que antes se desgarraba en arrabales
hacia la llanura incesante,
ha vuelto a ser la Recoleta, el Retiro,
las borrosas calles del Once
y las precarias casas viejas
que aún llamamos el Sur.
Siempre en mi vida fueron demasiadas las cosas;
Demócrito de Abdera se arrancó los ojos para pensar;
el tiempo ha sido mi Demócrito.
Esta penumbra es lenta y no duele;
fluye por un manso declive
y se parece a la eternidad.
Mis amigos no tienen cara,
las mujeres son lo que fueron hace ya tantos años,
las esquinas pueden ser otras,
no hay letras en las páginas de los libros.
Todo esto debería atemorizarme,
pero es una dulzura, un regreso.
De las generaciones de los textos que hay en la tierra
sólo habré leído unos pocos,
los que sigo leyendo en la memoria,
leyendo y transformando.
Del Sur, del Este, del Oeste, del Norte,
convergen los caminos que me han traído
a mi secreto centro.
Esos caminos fueron ecos y pasos,
mujeres, hombres, agonías, resurrecciones,
días y noches,
entresueños y sueños,
cada ínfimo instante del ayer
y de los ayeres del mundo,
la firme espada del danés y la luna del persa,
los actos de los muertos,
el compartido amor, las palabras,
Emerson y la nieve y tantas cosas.
Ahora puedo olvidarlas. Llego a mi centro,
a mi álgebra y mi clave,
a mi espejo.
Pronto sabré quién soy.
“Dicen que soy un gran escritor. Agradezco esa
curiosa opinión, pero no la comparto. El día de mañana, algunos lúcidos la
refutarán fácilmente y me tildarán de impostor o chapucero o de ambas cosas a
la vez”. Borges.
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